José de la Luz y Caballero (1800-1862) educó y preparó a la juventud cubana de la época para conducir a Cuba hacia los caminos del progreso y la emancipación. En este sentido hacía énfasis en la unidad indisoluble que debía existir entre ciencia y patriotismo, o entre ciencia y conciencia, y por ello estimaba que la moral era la principal fuerza propulsora de la sociedad.
Quizás por esta misma razón, la obra de Luz que más ha trascendido a través del tiempo sea aquella que dedicó a su pensamiento ético o ético-patriótico. Luz se pronuncia contra una ética racionalista de corte idealista subjetiva, propia del eclecticismo francés de Víctor Cousin, que tiene por objeto imponerse al hombre desde lo externo, sin atender al tiempo, las costumbres, su medio, normas de connivencia, todo lo cual forma a fin de cuentas el núcleo de una cultura popular. Tal ética se dirigía a formar un hombre pasivo para el cual los acontecimientos sociales no tenían significado.
Luz consideraba que aplicar la educación de la juventud a una idea más o menos exacta y preconcebida, era riesgoso en tanto podía arruinar la inteligencia de los sujetos, e inducirlo a la inercia y a la ciega obediencia. Por esta razón entendía que para educar a niños y jóvenes en valores esenciales, había que partir del orden de las cosas. Se ufanaba en decir que para la libertad de Cuba era él maestro, y este compromiso con la patria lo conduce a concebir una método pedagógico propio, enaltecedor de la verdad, que de categoría gnoseológica tratada solamente en materias filosóficas, deviene en gnoseología-moral, o sea, en conocimiento de la verdad, que interiorizada por los educandos crea una actitud consciente para la vida y la patria. Por eso solía decir: sólo la verdad me pondrá la toga viril.
La obra de la enseñanza es, según Luz, no solo transmisión de conocimientos sino que para el educador es fundamental el desarrollo armónico e integral de las facultades y sentimientos de los alumnos para moralizarlos, educarlo en el amor a la virtud y hacerle bueno, en una palabra.
Por eso el hombre, como un todo orgánico, es objeto principal de sus reflexiones y tanto en la polémica como en sus aforismos, se aprecia esa preocupación central por lo humano, ya que “ ninguna verdadera filosofía puede ser indiferente, ni expectante, en el problema siempre renovado y siempre urgente que presenta la humanidad”, a la vez que entiende el objeto de la filosofía como la unión de la razón con los sentimientos, de tal modo que se integra a la acción práctica del hombre. Es a través de la teoría del método que se propone, siguiendo la senda de Varela, emplear la filosofía en función de la educación del hombre para la emancipación de la patria. “Formar al hombre con cuantas menos prevenciones sean posibles, es la gran obra de la filosofía. Fundar un plantel de ideas y sentimientos, así como de métodos, es la aclimatación que de ella nos proponemos hacer en nuestro suelo, escuela de pensamientos, ni eruditos de argentería, sino hombres de entendimiento, y más activos de corazón”. Para él la emancipación espiritual debía fundar la emancipación política, creando las condiciones para su realización, por ello preconiza la conquista y defensa de la verdad, el conocimiento aplicado a la práctica en bien de la colectividad y la creación de sentimientos humanitarios. La filosofía de la educación en Luz, si bien condiciona la moralidad a la existencia de Dios, cultiva valores opuestos a aquellos generados por la sociedad colonial, que dan lugar al individualismo y a la falta de solidaridad cotidiana. “ No hay nada más repugnante a mis ojos - diría el insigne Maestro- que el esqueleto de egoísmo”. Se trata, por tanto, de una ética-humanista, de expresión patriótica y popular, porque comporta una identificación con el pueblo y con la moral que requiere la patria porque “Educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para la vida”.
El Maestro de El Salvador y Carraguao diferencia la educación de la instrucción, ya que la primera solo puede conducirla quien sea un evangelio vivo, es decir un hombre dedicado a la formación humana, paradigma de cultura, conciencia, responsabilidad, virtud y amor. Como Varela, prioriza los intereses colectivos por sobre los individuales, y la utilidad de grupos humanos sobre la utilidad individual.
En su misión de formar hombres con espiritualidad y capacitados para servir a su patria, Luz potencia valores como la sencillez, la modestia, la verdad, el amor, empleando los mejores modos de cultivarlos e interiorizarlos entre la juventud a partir, fundamentalmente de la auto perfección y la autocrítica. En presencia de la profunda desmoralización entronizada en la Isla, fundamentalmente por la existencia de la esclavitud, no halló mejor forma de enfrentarla que mediante la formación humana de la niñez y la juventud que acudía a sus aulas, para que aquella minoría privilegiada, beneficiada por el orden social vigente, pudiera tomar conciencia y decidiera romper con el sistema colonial y esclavista que oprimía a la patria.
Estas premisas hacen de su obra una fuente imprescindible para la formación humana, que se incorpora de forma original en la formación del joven Martí a través del magisterio de Mendive. Precisamente el Apóstol de la independencia cubana, diría de Luz que “ ha creado desde su sepulcro, entre los hijos más puros de Cuba, una religión natural y bella, que en sus formas se acomoda a la razón nueva del hombre, y en el bálsamo de su espíritu a la llaga y soberbia de la sociedad cubana;”. El ideal martiano de preparar al hombre para la vida tiene en Luz su principal asidero, en tanto la sustentación en valores del proyecto de vida individual y social resulta esencial para otorgarle un sentido de identidad nacional y patriótico que junto a valores universales, conforman el marco conceptual para una práctica social transformadora.
José Martí realizó una Revolución consciente porque se apoyó en lo mejor de la tradición cubana, a través de múltiples aprehensiones teóricas y prácticas, que lo conducen a valorar lo humano como elemento articulador de condiciones éticas, políticas y culturales que, encarnadas en un sentido de la vida, desarrollan la sensibilidad humana y revelan valores.